jueves, 7 de junio de 2012

1886, el último pronunciamiento republicano


¿Qué puede hacer un Gobierno cuando sabe que la oposición quiere levantarse en armas contra la legalidad? La Historia nos ofrece múltiples soluciones. Una de ellas fue la que tomó el gabinete liberal de Sagasta cuando supo que los republicanos preparaban dar un golpe de Estado aprovechando la muerte de Alfonso XII (25.XII.1885) y antes de que naciera el hijo que esperaba la regente María Cristina de Habsburgo, que tuvo lugar el 17 de mayo de 1886.  El gobierno dejó hacer, no por falta de coraje o medios, sino porque sabía que la mejor manera de deshacer por una buena temporada las intentonas republicanas era que los conspiradores se mostraran tal y como eran. Fue el último intento de golpe republicano del siglo XIX, y el más ridículo.



Los republicanos estaban entonces muy divididos. Emilio Castelar se había separado de todos sus antiguos compañeros fundando una opción conservadora y posibilista. Pi y Margall auspiciaba un movimiento federal, Ruiz Zorrilla lideraba el partido progresista republicano desde el exilio voluntario en París, y Nicolás Salmerón había conseguido reunir a un grupo que luego sería el de “los centralistas”. En enero de 1886 estos tres llegaron a una alianza, la Unión Republicana. Castelar se negó a pertenecer a ella porque sus antiguos compañeros no habían renunciado al método revolucionario. Le insultaron llamándole “monárquico”, pero se mantuvo firme.

Pero Castelar tenía razón, porque en la redacción del diario zorrillista El Progreso se reunían miembros de la Asociación Republicana Militar con otros personajes de la más diversa índole social. El plan de los golpistas era cortar las comunicaciones de ferrocarril y telégrafo de Madrid y de otras grandes ciudades, volar los puentes y atacar a las fuerzas gubernamentales que estuvieran aisladas. Después propagarían noticias exageradas y violentas para dar la impresión de que el golpe había tenido éxito. El general Villacampa se erigió en cabecilla del pronunciamiento y se puso en contacto con los gerifaltes republicanos. Salmerón dio el plácet a Villacampa por la única razón de que éste era enemigo de Ruiz Zorrilla, a quien le dieron una fecha falsa para el alzamiento. Se contó con Pi y Margall porque les aseguró que los barrios bajos de Madrid eran federalistas, y que se podía reclutar allí a una multitud para dar el golpe.  

Villacampa adelantó por su cuenta el pronunciamiento al 19 de septiembre (a Ruiz Zorrilla le dijeron que sería el 22). Reunió en una sastrería de la madrileña calle de Preciados a varios militares y a algunos civiles para proponerles las diez de la noche como la hora y el cuartel de los Docks, en Atocha, como el punto de reunión.

A la hora convenida, los comprometidos de Villacampa recorrieron de punta a punta Madrid gritando: “¡Viva la República!”. Prieto y Villarreal, uno de los involucrados, confesaba años después que sólo les siguió “una turba de chiquillos” que tomó el golpe como una chanza. Y la verdad era que lo parecía. El capitán Casero, otro de los sublevados, decidió abrir un boquete en la pared del cuartel de San Gil porque el capitán de guardia no le dejaba abrir la puerta. Ya fuera se encontró con el ayudante de campo del Capitán General de Madrid, a la sazón Manuel Pavía. “¿Qué hace?”, le preguntó. A lo que Casero contestó: “He salido a proclamar la República”. El ayudante dio media vuelta y fue a capitanía a organizar la represión.

Entre tanto, Villacampa llegó al cuartel de Docks para sublevarlo, pero ni siquiera le abrieron las puertas. Ordenó forzar a tiros la cerradura, fracasando y llevándose algunos disparos. Corrieron entonces a los barrios bajos para levantar a los federales de Pi y Margall, pero sólo obtuvieron la callada por respuesta. Marcharon a la estación del Mediodía, cerca de allí, para secuestrar un tren e ir a Alcalá de Henares a probar fortuna. Prieto quiso que un maquinista colocara un tren en la vía, pero aquél se negó. Y ante la amenaza de fusilarle dijo que él únicamente obedecía al jefe de máquinas. Llamado éste, accedió con la condición (el espíritu burocrático) de que le firmara un papel que le eximiera de responsabilidad. Así lo hizo Prieto, aunque, según escribió, “no con mi nombre”.

Villacampa había ido a Vicálvaro donde encontró la misma indiferencia que Prieto en Alcalá. Decidieron entonces dispersarse para huir mejor. Pavía se acercaba.

El fracaso fue tan sonoro como ridículo. Ruiz Zorrilla y Salmerón echaban chispas. Castelar escribió que éstos

ni aprenden ni escarmientan (…) reñirán en privado y se abrazarán en público. Diciendo los unos infamias horribles de los otros, quedarán juntos hasta el día en que, llegados al Gobierno, sus celos precipiten la Patria en el abismo y la República en el deshonor.

Villacampa, junto al teniente Felipe González, y los sargentos Bernal, Cortés, Gallego y Velázquez (Prieto escapó) fueron detenidos el 22 de septiembre. En juicio sumarísimo se les condenó a muerte. La hija de Villacampa suplicó el indulto a todo personaje relevante de Madrid. El fantástico escritor Francos Rodríguez contaba que Felipe Ducazcal, pintoresco personaje de la capital, antiguo líder de la partida de la porra en el Sexenio revolucionario, primero republicano y luego alfonsino, dispuso un plan de evasión de los condenados a través de las alcantarillas de la prisión. El Gobierno Sagasta decidió el 4 de octubre que se cumplieran las sentencias. Todo quedaba en manos de la regente María Cristina. Entraron en capilla los amotinados. A las siete y media de la tarde, a punto de confesarse, entró el general Blanco para decirles: “Su majestad indulta a ustedes. ¡Viva la Reina!”.

El indulto inducido por Sagasta para mejorar la imagen pública de María Cristina dividió al Gobierno. El ala derecha de Gamazo quería que se cumpliera la condena; no así Montero Ríos, que abogaba porque al ridículo republicano se sumara la clemencia monárquica evitando así la creación de “mártires”. La solución de Sagasta a la crisis fue inteligente: retiró a los jefes de los extremos –Gamazo y Montero Ríos-, e introdujo a dos amigos moderados, Navarro y Rodrigo, conservador, y Víctor Balaguer, viejo progresista.

El republicanismo histórico murió aquel septiembre de 1886. La nueva generación que sustituiría a los Ruiz Zorrilla, Salmerón y Pi y Margall fraguaría un nuevo modo de llegar a la República, al estilo del radicalismo francés: populismo y cercanía a los socialistas. Viendo esto, no le faltaba razón a Castelar cuando, a raíz del fracasado pronunciamiento de Villacampa, le escribía a Moreno Rodríguez que si ganaban esos republicanos “no volveremos a ver la libertad en España. Viene una República en la cual sólo habrá víctima y verdugos. La dictadura de la cobardía y de la barbarie”.  

Jorge Vilches
Publicado en el Suplemento de Historia de Libertad Digital (16/12/2009)

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