jueves, 3 de mayo de 2012

El caballo de Pavía en las Cortes


Una de las sorpresas más chuscas de mi vida académica me la llevé cuando descubrí que aún se les contaba a los estudiantes universitarios que el general Pavía entró a caballo en las Cortes. No es asunto baladí, porque un “golpista ecuestre” da un aspecto jocoso a un golpe de Estado que, aunque ejecutado contra el cantonalismo revolucionario, ridiculiza nuestra contemporaneidad y sirve para barbarizar a unos y ensalzar a otros. Esto me mostró que la Historia que se enseña está cruzada por dimes y diretes, correveidiles sin fundamento, que derribarlos justifica el trabajo entre papeles viejos y libros que ya nadie lee. Por supuesto, el general Pavía no entró a caballo en el Palacio del Congreso en la madrugada del 3 de enero de 1874. Esta es su historia.


Manuel Pavía y Rodríguez de Alburquerque era gaditano, nacido en 1827. Siempre fue progresista, de esos a los que no les dolía en prendas en alzarse en armas contra el Gobierno. Ingresó en la Academia de Artillería en plena regencia del general Espartero, en 1841. En un segundo plano pasó la revolución de 1854. A la sombra del general Prim vivió el declive del reinado de Isabel II, y siguió a éste en su carrera revolucionaria desde 1866. Tras el éxito de 1868, Pavía se adhirió al partido radical, y en él continuó cuando murió Prim y el partido pasó a manos de Ruiz Zorrilla y Cristino Martos. No defendió a Amadeo de Saboya en 1873 (nadie lo hizo), sino que apoyó la solución republicana.

El ascenso al poder de los federales dejó al general Pavía sin destino, pues no le perdonaban que hubiera sofocado la insurrección federalista en Madrid en diciembre de 1872. De esa situación de cuartel salió en julio de 1873, cuando fue nombrado capitán general de Andalucía y Extremadura por el presidente Salmerón. Sofocó el cantón de Córdoba y luego los de Sevilla, Jerez de la Frontera y Cádiz, lo que le llevó a Salmerón a decir: “¡Ya tenemos ejército!”, lo que no deja de ser irónico puesto en boca del Presidente de las Cortes el 3 de enero de 1874. El presidente Emilio Castelar le encargó en septiembre de la capitanía general de Castilla La Nueva, la de Madrid, con el objeto de tener en la capital un general que respetara la ley.   

El gobierno de Castelar estaba a punto de caer, como ya conté en LD en el artículo Tres republicanos, o lo que es entenderse. El general Pavía se entrevistó con Castelar el 24 de diciembre. Su preocupación era que le sustituyera un gobierno federal que desarmara al Estado, lo que daría alas al cantonalismo y al carlismo en guerra. Pavía le pidió que prolongará la suspensión de Cortes, cuyo decreto “yo hubiera fijado en la Puerta del Sol –dijo en el Congreso el 17 de marzo de 1876– con cuatro obleas o cuatro bayonetas”. Castelar se negó y Pavía se decidió a dar el golpe. Informó a los capitanes generales del Norte, Centro y Cataluña, así como a los jefes de los partidos constitucional y radical: si Castelar caía y se formaba un ejecutivo federal, daría un golpe de Estado. Entonces, dijo, les llamaría para formar un “gobierno nacional” sin su concurso.

En la sesión del 2 al 3 de enero, se produjo la derrota parlamentaria de Castelar. En el gabinete de la Presidencia se reunieron entonces Salmerón, Pi y Margall, Figueras, Guisasola y Rispa para decidir quién sería Presidente de la República. Tras una negociación escalofriante –otro día contaré aquí los sucesos de aquella jornada-, se decidieron por Eduardo Palanca, quien avisado de esta posibilidad había hecho las maletas para huir a Málaga. Le encontraron en la estación del Mediodía, y casi a rastras le llevaron a las Cortes.

La votación se inició a las siete menos cinco minutos de la mañana del 3 de enero. El genera Pavía había sido informado de lo ocurrido, y fue con la tropa a las Cortes desde el Paseo del Prado. Colocó un par de cañones, sin carga, en las bocacalles que daban a la Puerta del Sol, y mandó a dos de sus ayudantes a que ordenaran a Salmerón que los diputados abandonaran el Palacio. Les acompañó el coronel Iglesias, del 14º Tercio de la Guardia Civil, el mismo que entonces custodiaba el edificio. El ayudante se presentó a Salmerón, presidente de la asamblea, para decir que tenía cinco minutos para desalojar.

Pasado el tiempo, los Cazadores del Regimiento de Mérida, jovencísimos soldados de reemplazo dirigidos por el comandante Mesa, entraron en el Salón. Al ver a la muchachada, los diputados que aún quedaban se envalentonaron y les echaron. El coronel Iglesias, que estaba en el edificio, presenció la retirada de la tropa, y tomó unos cuantos guardias, disparó unos tiros en el pasillo, y sólo unos pocos diputados quedaron en el hemiciclo, entre ellos Salmerón y Castelar. Estos le dijeron a Iglesias que Castelar seguía siendo Presidente, a lo que contestó: “Ya es tarde”.

El coronel Iglesias cumplió la orden. No hizo falta caballo alguno. El general Pavía contempló desde fuera del Palacio cómo salían los diputados. Nadie les increpó o detuvo. “Muchos de los que habían jurado morir en sus puestos –confesaba el salmeroniano Flores García– recogieron sus prendas de abrigo en el guardarropa y ganaron, cabizbajos y silenciosos, la calle de Floridablanca”.

El general Pavía se encontró de repente con la posibilidad de convertirse en dictador. Sin embargo, mandó llamar a los jefes de los partidos, como Serrano y Sagasta, y depuso la autoridad en sus manos. No aceptó ni siquiera el ministerio que le ofrecieron. Fue felicitado por los embajadores, y se convirtió en un hombre muy popular en Madrid. De hecho, no sólo era vitoreado cuando pasaba por la calle, sino que en las elecciones de enero de 1876 obtuvo 2.966 votos de los 3.054 posibles en el distrito centro de Madrid. Y el tiempo pasó.

Una mañana de enero de 1895, su criado le encontró tirado en el suelo de su habitación. Pavía estaba muerto. El día antes, el 3 de enero, había almorzado con Cánovas para recordar el golpe de 1874; fue una de las pocas bromas que Don Antonio se permitió. La prensa seria coincidió en la figura de Pavía. El periódico conservador La Época decía que había sido “una garantía de tranquilidad”; el liberal La Iberia afirmaba que siempre se había guiado por el “patriotismo”;  La Correspondencia de España dijo que era un “liberal arrojado (…) político modesto en sus ambiciones, lleno de abnegación y valentía en sus hechos”; el barcelonés La Dinastía aseguraba, exagerando, que era “uno de los colosos de la Historia contemporánea”; y el liberal El Imparcial dijo que era un “ordenancista” que defendió tras el 74 el “alejamiento total del ejército” respecto de la política.

Sin embargo, la prensa republicana no le perdonaba el episodio. El País, diario republicano progresista, decía que el golpe de la “infausta jornada” fue “el prólogo de la nefasta restauración borbónica”. El satírico republicano Don Quijote decía, sin gracia, que no se sabía si el general había tenido tiempo para pedir “perdón para sus culpas y pecados”, que eran, claro, que a sus manos “murió la primera República Española”. Bueno, la República duró aún un año más, el 74, pero es que, además, el de Pavía no fue el único golpe de Estado que se había preparado para el 2 de enero. Había otro.




Publicado en el Suplemento de Historia de Libertad Digital

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