viernes, 27 de marzo de 2009

MANUEL SUÁREZ CORTINA, El gorro frigio. Liberalismo, Democracia y Republicanismo en la Restauración, 2001.

Los estudios sobre el republicanismo español deben contemplar las dos caras que tuvo: el carácter reformista, interesado en la regeneración del país, y las contradicciones, la demagogia, el revolucionarismo permanente y las carencias de sus proyectos políticos. Suárez Cortina hace en El gorro frigio un balance positivo del republicanismo reformista, sin olvidar su inoperancia política y su fracaso. Es una recopilación de sus escritos, unidos por el deseo de mostrar el deseo regeneracionista del republicanismo durante la Restauración. En este sentido, expone la importancia que los republicanos dieron a la divulgación del conocimiento científico, a la prensa como medio de propaganda y de formación de la opinión pública, así como su preocupación por las cuestiones nacional y religiosa. Suárez Cortina describe con gran acierto el krausismo que alimentó gran parte del ideario republicano, especialmente el de Salmerón, y la formación de las dos grandes opciones republicanas de principios del siglo XX: el Partido Radical y el Reformista.






Suárez Cortina asegura que la quiebra del republicanismo histórico se produjo con el fracaso del proyecto político de Salmerón con la Unión Republicana y Solidaridad Catalana. El republicanismo histórico, el de Pi y Margall, Castelar y Salmerón, en mi opinión, fue el heredero del liberalismo radical de principios del XIX. Los republicanos sublimaron las demandas políticas y sociales convirtiendo un programa de partido en una forma de gobierno, y recogieron el modelo tradicional progresista de revolución: el pronunciamiento cívico-militar, el juntismo y el golpe de Estado. Tras su estrepitoso fracaso en 1873, se emprendieron varias vías para la renovación. El posibilismo de Castelar aportó el legalismo como método para la consecución de logros liberales y democráticos, sin reparar en la forma de gobierno, al estilo del español Rivero, del italiano Crispi en su primer Gobierno, de 1887 a 1891, o del monárquico francés Thiers en 1870. Su colaboración con el Partido Liberal de Sagasta supuso la aprobación de las leyes sobre asociación, reunión y libertad de imprenta, así como el juicio por jurados y el sufragio universal masculino. La conservación de lo más rancio del republicanismo quedó en las opciones revolucionarias e intransigentes de Ruiz Zorrilla y Pi y Margall. Salmerón no consiguió un “nuevo republicanismo”, sino que siguió a la nueva generación, la de Lerroux y Melquiades Álvarez, hasta que ésta le desbordó.


La situación de los republicanismos durante la Restauración fue paralela a la capacidad de la Monarquía de la Constitución de 1876 para resolver con eficacia los problemas y dar la sensación de autoridad. Mientras la política estuvo en manos de los partidos monárquicos, y éstos supieron encauzar la vida política, el republicanismo fue la aspiración de unos grupos de intelectuales. Solamente el desgaste del sistema de partidos dinásticos, su crisis y los errores de la Corona devolvieron a la República ese carácter de bálsamo curador, de esa “España que puede ser”. Arturo Barea, en La forja de un rebelde, cuenta que en las tertulias madrileñas populares del final de la Restauración, en la discusión de un problema político o social, especialmente el de Marruecos, siempre se terminaba con un “lo que hace falta aquí es una República”. En esta forma de gobierno se concentraron todas las soluciones y las esperanzas de la oposición al régimen, pero en el más puro sentido decimonónico: “la República es el gobierno de mi partido”.


Durante la Restauración, como bien indica Suárez Cortina, la dirección de los partidos republicanos siguió estando en manos de intelectuales. Aquellos líderes combinaban el discurso político con cierto paternalismo social, postulaban la descentralización administrativa, e incluso la autonomía, y no despreciaban la revolución o el golpe de Estado para imponer su fórmula política. La República, sin embargo, continuaba sin ser definible. Era, a lo más, la forma de gobierno necesaria, según sus defensores, para cobijar tanta reforma planteada.


De este reformismo que abarcaba desde la educación a la organización nacional, e incluso el iberismo, da cuenta perfectamente Suárez Cortina. Nicolás Salmerón es protagonista, de una manera u otra, en las dos partes más interesantes del libro, en la que trata sobre el krausismo reformista, o reformismo krausista, y el relato del fracaso de la Unión Republicana y el surgimiento del Partido Radical y del Partido Reformista.


Los krausistas, o “krausoinstitucionistas” como los llama Suárez Cortina, partieron de un erróneo análisis del fracaso de 1873: un pueblo, sin educación suficiente para entender el republicanismo, había permitido que derribaran la República los sectores reaccionarios: los monárquicos, la Iglesia y el Ejército. El atraso cultural de los españoles era el primer aliado de los que querían mantener la Monarquía como sistema de control y consecución de intereses particulares. Esto resultaba, en mi opinión, algo ridículo en boca de Salmerón, uno de los principales responsables del fracaso institucional, político y social de la República de 1873, con su exclusivismo, incapacidad política, sectarismo y desprecio absoluto hacia la libertad y democracia constitucionales. Tal análisis sólo podía ser alimentado por un profundo elitismo y un deseo de justificar su fracaso.


Suárez Cortina va desgranando las soluciones que los krausistas propagaron para la cuestión religiosa –una Iglesia libre en un Estado libre-, la regeneración del país a través de la reforma educativa –la Institución Libre de Enseñanza-, el arreglo de la cuestión social mediante la defensa de los derechos individuales, la armonía social y la solidaridad, y la resolución de la cuestión nacional mediante el municipalismo, el regionalismo y las autonomías. No obstante, Suárez Cortina no tiene suficientemente en cuenta que los krausistas de Salmerón buscaron en los militares descontentos la solución a todos los problemas; esto es, vieron en el golpe de Estado, que ellos llamaban “revolución”, el método para imponer la República. Se aliaron con los radicales de Ruiz Zorrilla, y fueron de pronunciamiento en pronunciamiento hasta el ridículo final de Villacampa en Madrid el 19 de septiembre de 1886. Salmerón se cansó de los “espadones” y encontró, con menos de 2.000 votos, un puesto de diputado en las Cortes. Acogió entonces la idea de la vía legal a la República, dando la batalla en las Cortes y en las urnas, pero sin desdeñar la alianza con cualquiera que hiciera oposición a la Monarquía de la Restauración. Fueron los años de las uniones, fusiones y alianzas de los grupos que lideraban republicanos históricos que desconfiaban entre sí.


En 1903 ya habían desaparecido Ruiz Zorrilla (1895), Castelar (1899) y Pi y Margall (1901), y Salmerón vio la vía libre para la formación de la Unión Republicana con el eje del Partido Centralista que él fundó en 1890. Aún así se quedaron fuera los federales de Pi y Arsuaga y los progresistas de Esquerdo. El gran problema del republicanismo español era construir y propagar un ideario y un programa modernos, más acorde con la sociedad española de principios del siglo XX. Salmerón creyó que el “poder central” de la “oligarquía y el caciquismo” podía derribarse a través de la vía parlamentaria y electoral, por un “frente regenerador” formado por los partidos no dinásticos y regionales. Así, en 1906 creó Solidaridad Catalana con la Lliga y el carlismo. Pero, ¿cómo iba a implantarse una República reformista con los conservadores catalanes y los carlistas? El fracaso de Salmerón fue completo, y el posible descrédito del republicanismo con tal alianza fue la tumba de la Unión Republicana. Ésta fue la quiebra, para Suárez Cortina, del republicanismo histórico, y la causa del surgimiento de dos nuevos republicanismos, el radical y el reformista.


En abierta oposición a la política de Salmerón, Lerroux y la izquierda de la Unión Republicana fundaron el Partido Radical en febrero de 1908. El nuevo republicanismo de Lerroux fue la aplicación nacional de su política en Barcelona, con el añadido del programa social del radicalismo francés. Los radicales combinaron el nacionalismo español, el populismo, el obrerismo y el anticlericalismo, y entendieron la revolución como el único medio para derribar el régimen de la Restauración. Sin embargo, no era nuevo aquel ideario. En el Partido Radical convergen las costumbres del viejo progresismo con el nuevo discurso populista, la demagogia del Ruiz Zorrilla de los años 80 con los llamamientos a la insurrección. A esto se unió algo que tampoco era nuevo: el desprecio a la alianza con los liberales y, en cambio, la preferencia del pacto con los socialistas. La Conjunción republicano-socialista de 1909, como apunta Suárez Cortina, sólo benefició al PSOE, y fue un nuevo obstáculo para la construcción de un republicanismo moderno. Los republicanos, en mi opinión, seguían fracasando al relacionar la República con los enemigos del liberalismo: los carlistas y los socialistas. La copia del radicalismo francés y del Bloc des Gauches tuvo que ser ajustada al caso español, pues en España no existía una República desde 1870 como en el país vecino. El proyecto de Lerroux podía tener éxito a corto plazo, pues para la revolución se encontraban aliados con facilidad, pero no a la larga, pues era un republicanismo de combate, incapaz de construir u ofrecer un proyecto sólido y amplio de República.


Melquiades Álvarez, Azcárate, Labra y Pedregal fundaron en 1912 el Partido Reformista, en el que Suárez Cortina ve un republicanismo más moderno que conserva el espíritu regenerador y europeísta del krausoinstitucionismo. Los reformistas aspiraban a una República tranquila, centrada, que no pusiera en cuestión los derechos económicos y jurídicos de la burguesía española, pero llevara a cabo una reforma general del Estado y de la sociedad. El plan del Partido Reformista, desde mi punto de vista, estaba excesivamente supeditado a la colaboración con los liberales, y ya no era el tiempo histórico de Sagasta y Castelar. La idea de Melquiades Álvarez era castelarina: colaborar con los liberales para realizar reformas democráticas, lo que mostraría a la sociedad la utilidad del reformismo, o si no era posible, levantar la bandera republicana como la única capaz de llevar a cabo las reformas. Los reformistas resucitaron el accidentalismo de Rivero y Martos, y la benevolencia de Castelar, con lo que consiguieron lo mismo que éstos en su momento: la acusación de apostasía por parte de los otros grupos republicanos, el simple agradecimiento de los liberales monárquicos y un enredo mayor en el sistema de partidos. Para la izquierda republicana no había transacción posible con los monárquicos. Era la República a través de la revolución o nada, el “o todo o nada” del progresista Fernández de los Ríos en 1865. En definitiva, no hubo, a mi entender, una quiebra completa del republicanismo histórico, pues permanecieron ciertas ideas y actitudes de los viejos republicanos, tanto en radicales como en reformistas, que impidieron una verdadera renovación.


El republicanismo organizado, que no la idea republicana, acabó perdiendo peso e importancia en la sociedad entre la derecha monárquica, a la defensiva, y la izquierda revolucionaria. Solamente quedaron unos grupos de intelectuales comprometidos con la República como solución de modernidad. El Partido Radical y el Partido Reformista eran muy poco atractivos para el hombre-masa orteguiano de los años 30, y se convirtieron en opciones de centro derecha durante la Segunda República. No superaron las objeciones que la sociedad española le puso al republicanismo histórico: el golpismo, su sectarismo y un fuerte dogmatismo. En realidad, durante la Restauración alentaron una movilización en torno a cuestiones cuya respuesta les superó, y sus bases les abandonaron tachándoles de reaccionarios; esto es, lo mismo que les había ocurrido a otros partidos extremos décadas antes: el Partido Progresista, el Partido Republicano y el federalismo de Pi y Margall ante los cantonales. En esto, el nuevo republicanismo no había aprendido nada del histórico, y quizá por eso también fracasó. Suárez Cortina aporta con este valioso libro una visión de la confrontación entre el viejo y el nuevo republicanismo, lo que él entiende como una “quiebra completa”, pero que fue más generacional que de ideas o actitudes.




Jorge Vilches, Hispania, núm. 209, vol. LXI/3, 2001, Septiembre-Diciembre, pp. 1.151-1.155.


Manuel Suárez Cortina, El gorro frigio. Liberalismo, Democracia y Republicanismo en la Restauración, Madrid, Biblioteca Nueva – Sociedad Menéndez Pelayo, 2000, 371 págs.

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